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Se cuenta que en tiempos antiguos hubo
un dios que decidió modelar un hombre con el barro de la tierra
que antes había creado, y luego, para que tuviera respiración
y vida, le dio un soplo en la nariz.
Algunos espíritus contumaces
y negativos enseñan cautelosamente, cuando no osan proclamarlo
con escándalo, que, después de aquel acto creativo
supremo, el tal dios no volvió a dedicarse nunca más
a las artes de la alfarería, manera retorcida de denunciarlo por haber, simplemente, dejado de trabajar.
El asunto, por la trascendencia
de que se reviste, es demasiado serio para que lo tratemos de forma
simplista, exige ponderación, mucha imparcialidad, mucho espíritu
objetivo. Es un dato histórico que el trabajo de modelado,
desde aquel memorable día, dejó de ser un atributo
exclusivo del creador para pasar a la competencia incipiente de las
criaturas, las cuales, excusado será decirlo, no están
pertrechadas de suficiente soplo ventilador.
El resultado fue que
se asignara al fuego la responsabilidad de todas las operaciones
subsidiarias capaces de dar, tanto por el color como por el brillo,
y hasta por el sonido, una razonable semejanza de cosa viva a cuanto
saliese de los hornos de leña. |
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Era juzgar por las apariencias. El fuego hace mucho,
eso no hay quien lo niegue, pero no puede hacerlo todo, tiene serias
limitaciones, incluso hasta algún grave defecto, como, por
ejemplo, la insaciable bulimia que padece y que lo conduce a devorar
y reducir a ceniza todo cuanto encuentra por delante.
La alfarería y su funcionamiento,
todos sabemos que barro húmedo metido en horno
de barro estallado
en menos tiempo del
que lleva contarlo. Una primera e irrevocable condición
establece el fuego, si queremos que haga lo que de él se espera,
que el barro entre seco y bien seco en el
horno de leña. |
Y es aquí cuando humildes regresamos
al soplo en la nariz, es aquí cuando tendremos que reconocer
hasta qué punto fuimos injustos e imprudentes al apadrinar
y hacer nuestra la impía idea de que el dicho dios habría
dado la espalda, indiferente a su propia obra.
Sí, es cierto
que después de eso nadie más lo ha vuelto a ver, pero
nos dejó lo que tal vez fuese lo mejor de sí mismo,
el soplo, al aire, el viento, la brisa, el céfiro, ésos
que ya están entrando suavemente por las narices de los seis
muñecos de barro que Cipriano Algor y la hija acaban de colocar,
con todo cuidado, sobre uno de los tableros de secado.
Escritor,
además de alfarero, el dicho dios también sabe escribir
derecho con líneas torcidas, no estando él aquí para
soplar personalmente, mandó a quien hiciese el trabajo en
su nombre, y todo para que la todavía frágil vida de
estos barros no acabe extinguiéndose mañana en el ciego
y brutal abrazo del fuego. José Saramago |
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